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La historia de cómo dos máquinas expendedoras japonesas llegaron a Chile

Desde septiembre de 2017 que están en una estación del Metro. Si bien podrían ser una de las tantas que existen actualmente en Santiago estas tienen una particularidad: ofrecen productos japoneses y son traídas directamente desde el país asiático.
Esto fue gracias al esfuerzo de dos chilenos, Christián Gonzalez y Enrique Silva, quienes pretenden replicar el éxito de estas máquinas en Japón en la sociedad chilena.

Por José Joaquín Suzuki V.

Es una calurosa tarde de enero y la gente camina por los pasillos de la estación Escuela Militar para tomar el tren subterraneo. En ese trayecto, algunos de ellos —tímidamente— enfocan su mirada en algo que, posiblemente, han visto en la televisión o en imágenes.

Si bien se trata de una simple máquina expendedora, esta es una especial. Es más ancha que las otras que existen en el mercado y tiene una luz de fondo que ilumina los productos que están a la venta. Y si analizan lo que ofrece, se darán cuenta que hay desde jugos de aloe vera hasta café caliente.

Muchos solo la observan, pero no compran. Otros introducen un billete de mil pesos y compran una bebida para capear el calor y así seguir su camino.

Lo que todos leen es un anuncio que está en la parte alta de la máquina: “Nº1 en Japón”. Allí se dan cuenta que esta es una máquina del país asiático. Que no es una máquina cualquiera. Pero lo que no saben es que detrás de la iniciativa hay dos chilenos que se aventuraron a traer este artefacto.

Primeros nexos con Japón

Uno de ellos es Christian González. Ingeniero civil industrial e ingeniero de alimentos, su carrera estuvo ligada a una salmonera de Puerto Montt, lugar donde comenzó su nexo con Japón.

Su trabajo consistía en supervisar el área de procesamiento, donde muchos de los productos eran destinados al país asiático. Allí fue que conoció a Enrique Silva, su jefe en ese entonces y con quien cultivó un mutuo aprecio. Los destinos de ambos se separaron, ya que mientras este último siguió en el área de procesos, González fue designado al área de logística internacional y posteriormente como gerente de desarrollo de productos. Allí, el contacto era frecuente con compradores en Estados Unidos, Europa y, por supuesto, Japón. Era el año 2001.

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Seis años después, y en medio de la crisis del virus ISA —que golpeó fuertemente la industria salmonera— González exploró otros rubros, pero siempre ligado a la alimentación, el agro y el desarrollo de negocios.

Su vida dio un vuelco cuando en 2014 vino a Santiago con un emprendimiento de una empresa importadora de aluminio. “Esa empresa creció harto, pero yo siempre me quedé con las ganas de hacer cosas relacionadas con alimentos”, dice González.

Fue así como, a fines de 2016, junto con un amigo pensaron en traer productos famosos japoneses e introducirlos al mercado chileno: “Él, quien por fuerza mayor no pudo continuar, me contó lo difícil de obtener un contacto con el holding Sapporo (uno de los productores más grandes en bebidas enlatadas y otros alimentos). Los japoneses —en forma muy rigurosa y respetuosa— le respondían siempre que no era el momento para hacer el negocio”.

Sin embargo, relata González, un día su amigo le dijo que porque no lo intentaba él: “Tú has viajado harto a Japón, sabes como es la idiosincrasia. ¿Puedes hacer algo? Te gustaría este negocio”.

La respuesta del ingeniero en alimentos fue que le encantaría probarlo. Y le aseguró que iba a obtener ambas representaciones: tanto de los productos, como de la máquina expendedora.

Un fenómeno sociológico

Una de las cosas que más les llama la atención a cualquier extranjero cuando va a Japón es encontrar —casi en todas las calles, en todas las esquinas— una de estas máquinas o jidōhanbaiki (自動販売機, el cual está compuesto por los kanjis de “automático”, “vender” y “máquina”).

Según cálculos de la Asociación de Fabricantes de Maquinas Expendedoras de Japón hay una jidōhanbaiki por cada 23 habitantes, convirtiéndose en uno de los países con mayor densidad en este aspecto.

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Tres maquinas expendedoras en Tokyo, Japón. (Foto: José Joaquín Suzuki).

Cifras de la misma asociación, a diciembre de 2016, muestran que habían casi 5 millones de máquinas expendedoras, donde cerca de 3.6 millones de ellas ofrecen productos como bebidas con alcohol (sake o cerveza), café, helados, comida, cigarros e incluso artículos de limpieza.

También venden otras cosas que pueden parecer raros para el público occidental y que sitios como Buzzfeed o The Japan Times han relevado en artículos.

Pero, ¿qué hay detrás de este fenómeno? Artículos periodísticos que han intentado descifrar el tema aducen a varios factores para explicarlo. Uno de ellos, según Business Insider, es lo costoso para las tiendas tener mano de obra -dado el envejecimiento de la población, la baja tasa de natalidad y la poca inmigración existente- por lo que las jidōhanbaiki son ideales para poder vender estos productos.

El mismo artículo cita la baja criminalidad de Japón (lo que permitiría tener estas máquinas en cualquier lado sin sufrir actos vandálicos) e incluso una fascinación de la sociedad japonesa por las cosas automatizadas.

Otro de los factores —según el mismo Business Insider como por un reportaje de Vox— es que la economía japonesa aún depende mucho de las monedas, por lo que siempre se tiene efectivo para comprar en las máquinas (el costo de una bebida o cafe es de 100¥ a 200¥ yenes, entre $600 a $1.200 pesos chilenos).

Dificil comienzo

“Traerse una de estas maquinas es como traerse un pedazo de Japón acá”, dice González y agrega que estudió mucho respecto a las maquinas: desde la aleación que está hecha hasta como tenían que ser para obtener ese look and feel único de una máquina expendedora japonesa.

Con todo ese conocimiento viajó a Japón, donde —gracias a sus contactos— logró contactar a los máximos representantes de las empresas.

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Uno de los productos que ofrecen en la maquina expendedora: un café que ya viene caliente.

En una de las empresas, relata el ingeniero, “tuve la suerte que me atendiera el CEO de la compañía, en una típica reunión japonesa planificada con meses, donde hay 16 asesores y solo él habla. Me escuchó pacientemente y me dijo que no se podía hacer el desarrollo para Chile. La razón era que sus prioridades de expansión estaba en Asia y Latinoamérica estaba planificado en unos años más”.

Pero había, también, otro punto: la dificultad para adaptar la ranura de las monedas japonesas al sistema de efectivo chileno, algo que se demoraría, al menos dos años, y con un costo muy elevado de un par de millones de dólares.

Tras eso fue a otra empresa. Tras esa respuesta, siguió intentando hasta que logró contactar a un técnico de la compañía quien le ayudó a resolver la adaptación de la ranura para las monedas de la máquina. “Me puse a trabajar desde Chile con el técnico, todas las noches desde las 11:00 PM (dado la diferencia horaria en Japón). Enviamos dinero desde Chile e hicimos cientos de pruebas”. Luego de casi un año, se logró el objetivo.

Rras eso, logró que Pokka Sapporo firmara un contrato para distribuir sus productos en el país.

Sin embargo, todavía quedaban todos los tramites en Chile. “Después que llegaron los productos hay que validarlo con las autoridades sanitarias y el Servicio de Impuestos Internos (SII) se demoró en autorizar las maquinas, tras una validación técnica muy profesional”. Recién en septiembre de 2017 pudieron comenzar a funcionar con dos máquinas, bajo la marca de Southern Vending Company (SVC).

El lugar de inicio fue Escuela Militar, uno de los puntos donde más transita gente en Santiago. La prueba de fuego para ver si había demanda por estas bebidas japonesas.

La expansión

Este jidōhanbaiki estilo chileno espacio para 30 productos, entre los cuales hay jugos de aloe vera y café, tanto frío y caliente. Esto es gracias a un mecanismo único de estas máquinas que permite mantener ambos al mismo tiempo.

“Las maquinas están desde Septiembre y las ventas han ido creciendo. Todos los dias hemos vendido mas. Son productos disruptivos”, comenta González. Es por eso que es categórico en decir que “el tema funciona. La gente vuelve y compra más”.

Así, explica, comienza la segunda fase: la expansión. Según el ingeniero, “estamos haciendo la inversión de traer cien máquinas y a futuro queremos empezar a traer de 100”. El objetivo es “colocar las maquinas en todos lados: en el trabajo o en el edificio donde vive la gente”. Donde sea que lo pidan los usuarios.

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Así se ve una de las máquinas en Escuela Militar.

Es por eso que Christian González le ofreció a Enrique Silva, su primer jefe y su amigo, que sea el gerente general de la empresa, mientras él se mantiene como presidente de la misma.

“Para mucha gente es una máquina”, comenta el ingeniero, “pero para mi, hay una historia detrás de todo: de la maquina, del validador, de porque ese producto y no otro. La felicidad es el proceso entero. Por eso me costó mucho saber a que persona darle esto (refriéndose a Enrique). Necesitaba entregárselo a alguien de que respetara y cuidara el concepto y todo lo que hay detrás del mismo”.

¿Y qué opinan los representantes japoneses de lo que está ocurriendo en Chile?

Responde González: “Les llama la atención que nosotros le hayamos puesto tanta pasión a algo que es de ellos. Cómo un caballero que viene de tan lejos está tan entusiasmado con algo cotidiano, trivial”.